¿Por qué me cuesta tanto pedir ayuda?

¿Por qué si todo está bien por fuera, por dentro siento que algo falta?
¿Por qué me siento tan cansado si aparentemente lo tengo todo bajo control?

Si alguna vez te has hecho una de estas preguntas, lo que estás a punto de leer tiene algo para ti.

Hace un tiempo llegó a consulta una persona que, desde afuera, lo tenía todo resuelto. Trabajo estable, relaciones ordenadas, una sonrisa siempre lista. La gente a su alrededor decía: «es que tú siempre puedes.» Y esa frase, que sonaba a elogio, era en realidad la jaula.

Porque por dentro, esa persona llevaba años sin saber cómo decir estoy cansado. Sin saber cómo decir necesito ayuda. Sin saber, incluso, cómo sentir sin que algo en su interior lo detuviera antes de que la emoción llegara completa.

Tenía una armadura perfecta. Y no sabía cómo quitársela.

Una armadura no nace de la nada. Se construye despacio, pieza por pieza, muchas veces desde la infancia.

Cuando eres pequeño y aprendes que llorar incomoda a los demás, pones una pieza. Cuando descubres que si eres fuerte te reconocen más que si eres vulnerable, pones otra. Cuando alguien importante te dice, con palabras o sin ellas, que tus emociones son demasiado, pones una más.

Con el tiempo, la armadura queda tan bien puesta que ya no la sientes como algo ajeno. La sientes como tú.

Y ahí está el peligro invisible.

Porque hay algo en ti que no aprendiste ni construiste. Que no tuviste que ganarte. Algo que estaba antes de que el mundo te dijera cómo debías ser, antes de los roles, antes de las expectativas. Como la semilla que no decide crecer hacia la luz, simplemente lo hace porque esa es su naturaleza.

En la Gestalt lo llamamos el «YO».

Y el «YO» no puede respirar debajo de una armadura.

Cuando te detienes y escuchas tu consciencia interna, ese espacio donde vive lo más honesto de ti, hay señales que llevan tiempo hablando: me siento solo aunque esté rodeado de genteestoy agotado de aparentar que todo está bienno sé quién soy cuando nadie me está mirando. No gritan. Nunca gritan. Solo esperan, con paciencia infinita, que les des un momento de atención.

Pero la armadura tiene su propio lenguaje, y vive en tu consciencia media. Es la voz que dice «no es para tanto»«otros están peor»«si me permito sentir esto me voy a caer». Ese filtro que intercepta cada emoción antes de que llegue completa y la convierte en algo más manejable, más presentable, más seguro.

Y en tu consciencia externa, hacia afuera, la armadura brilla. Eficiencia, control, autosuficiencia. Todo en orden. Nadie ve las grietas porque tú te encargas de que no se vean.

El cuerpo, sin embargo, no miente. La mandíbula apretada que no sabes desde cuándo está así. El pecho que se cierra cuando alguien se acerca demasiado. El insomnio de las tres de la mañana cuando el silencio hace que lo que callaste durante el día empiece a sonar más fuerte.

La armadura protege, sí. Eso es lo que hace. Pero lo que protege también encierra.

El verdadero peligro no es ser vulnerable. El verdadero peligro es confundir la armadura con tu identidad, y olvidar que debajo de ella hay alguien que lleva mucho tiempo esperando ser visto.

No para ser arreglado. No para ser juzgado. Solo para ser visto.

La pregunta no es cómo deshacerte de todo lo que construiste. La pregunta es si estás dispuesto a preguntarte qué hay debajo.

@psicologo_alan.guarneros

¿Cuánto pesa la armadura que construiste para que nadie volviera a lastimarte? A veces, protegerse tanto del dolor del mundo es también la forma más efectiva de aislarse de su belleza. #FiguraFondo #PsicologiaGestalt #MecanismosDeDefensa #Autoconocimiento #Vulnerabilidad #PsicologiaGestalt #MecanismosDeDefensa #Autosabotaje #LimitesSaludables #DarseCuenta

♬ sonido original – Psicólogo Alan Guarneros – Psicólogo Alan Guarneros

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Quitarse la armadura no es un acto de debilidad. Es, quizás, el acto más valiente que existe.

Porque implica estar dispuesto a encontrarte con lo que has estado cargando en silencio. Con lo que sentiste y no dijiste. Con lo que necesitaste y no pediste. Con esa parte de ti que aprendió a sobrevivir escondiéndose, y que ahora tal vez está lista para algo más que sobrevivir.

Ese camino de vuelta hacia uno mismo no siempre se recorre solo. Y no tiene que serlo.

Cuéntame en los comentarios: ¿en qué momento de tu vida sientes que más te pones la armadura? Me encanta leerlos, y muchas veces en esa respuesta está justo lo que sigue.

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